miércoles 15 de julio de 2026 - Edición Nº5611

Política | 15 Jul

Malvinas en la tribuna

Argentina vs. Inglaterra: el partido que el poder no entiende

12:03 |Argentina frente a Inglaterra no es un partido más. Nunca lo fue. Y acaso allí resida la fractura más profunda entre una parte del Gobierno y una sociedad que lleva las islas grabadas en la memoria.


Esta tarde, cuando la pelota comience a rodar y millones de argentinos se reúnan frente a una pantalla, no estará en juego únicamente un pase a la final del Mundial 2026. En cada camiseta celeste y blanca, en cada bandera colgada en un balcón y en cada abrazo contenido, volverá a aparecer una emoción que excede largamente al fútbol. Porque para varias generaciones de argentinos, Inglaterra no es solamente un rival deportivo: es el nombre de una herida nacional que permanece abierta desde 1982.

Por eso el clima que rodea este encuentro desborda cualquier análisis táctico. El partido convoca recuerdos, símbolos y una idea de pertenencia construida a partir del dolor, la derrota y la resistencia. El gol de Diego Maradona en México 1986 no fue celebrado únicamente por su belleza técnica: fue vivido como una reparación simbólica, como el desahogo de un pueblo que todavía lloraba a sus muertos.

En ese contexto, las palabras de buena parte del oficialismo chocan contra una sensibilidad popular difícil de explicar desde la lógica económica o partidaria. La frase pronunciada por Patricia Bullrich en 2021, cuando sugirió que la Argentina “podría haberle dado las Malvinas” a Pfizer para acelerar la llegada de vacunas, marcó un punto de inflexión. El rechazo fue inmediato y transversal. Veteranos de guerra, organizaciones sociales y dirigentes de distintos espacios políticos interpretaron aquellas declaraciones como una banalización de uno de los capítulos más dolorosos de la historia argentina.

Las reiteradas expresiones de admiración de Javier Milei hacia Margaret Thatcher profundizaron ese malestar. El Presidente insistió en separar la valoración de su liderazgo político de la disputa por la soberanía, pero para buena parte de la sociedad argentina esa división resulta imposible. Thatcher no representa solamente una corriente económica o una figura internacional: encarna la conducción política de la guerra que costó la vida de 649 argentinos.

La controversia adquirió un nuevo capítulo con las declaraciones del periodista libertario Nicolás Pizzi, quien manifestó públicamente su deseo de que la selección argentina fuera derrotada. Un infeliz sin memoria. Sus palabras generaron una fuerte reacción en redes sociales y volvieron a poner sobre la mesa una discusión incómoda: hasta qué punto determinados sectores políticos, culturales y mediáticos viven la causa Malvinas y la identidad nacional con una intensidad diferente a la que experimenta gran parte de la sociedad.

Sin embargo, reducir el debate a una disputa entre oficialismo y oposición sería un error. Lo que emerge detrás de esta polémica es una tensión más profunda entre dos formas de entender la Argentina. Por un lado, una visión que privilegia el pragmatismo económico, la inserción internacional y la admiración por ciertos modelos extranjeros. Por otro, una memoria colectiva que continúa organizando parte de su identidad alrededor de símbolos compartidos, entre ellos la reivindicación de Malvinas.

El enorme operativo desplegado alrededor del Obelisco para el partido de esta tarde no solo busca ordenar una celebración multitudinaria, se gane o pierda. También refleja el peso emocional que todavía tiene Inglaterra en el imaginario argentino. Los cánticos, las banderas y las referencias a las islas muestran que, más de cuarenta años después de la guerra, el conflicto sigue ocupando un lugar central en la conciencia nacional.

Quizás allí resida la verdadera dimensión del encuentro. Para millones de argentinos, el partido contra Inglaterra no se juega únicamente en una cancha ni se resuelve en un resultado deportivo. Es, sobre todo, un ritual colectivo donde conviven el orgullo, la memoria y la necesidad de sentirse parte de una historia común.

Porque las sociedades pueden discutir gobiernos, modelos económicos e ideologías. Lo que resulta mucho más difícil de reemplazar es aquello que las une cuando todo lo demás parece dividirlas: la memoria de sus caídos, el peso de sus símbolos y la convicción de que hay heridas que el tiempo no logra borrar.

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