miércoles 26 de agosto de 2026 - Edición Nº5653

Política | 25 Aug

Vive y viola en Puerto Madero, roba en La Matanza

La Matanza se desangra: Espinoza acumula 18 homicidios en un mes

La inseguridad, los homicidios, los barrios de barro y el avance del narcomenudeo vuelven a poner a Fernando Espinoza contra las cuerdas. Para colmo, la denuncia por abuso sexual contra su exsecretaria privada, Melody Rakauskas llegó a Juicio Oral. ¿Saca boleto directo a Sierra Chica?


Mientras las sirenas de la policía cortan la madrugada en González Catán y las familias de los barrios más humildes hacen colectas virtuales para poder enterrar a sus hijos, el intendente Fernando Espinoza descansa a kilómetros de distancia, blindado en la comodidad vidriada de su torre en Puerto Madero. La paradoja geográfica es, en realidad, una radiografía de la absoluta desidia: el hombre que administra el distrito más populoso, empobrecido y violento de la provincia de Buenos Aires eligió hace años mudarse lejos del barro, de las balas y del dolor que su propia inoperancia política ayuda a perpetuar

En La Matanza ya no se vive: se sobrevive bajo una tiranía criminal donde los números superaron cualquier registro histórico y lograron un hito tan macabro como vergonzoso, dejando atrás las peores épocas de violencia urbana de Rosario con dieciocho homicidios registrados en apenas un mes, arrojando una fría y brutal estadística de más de una vida truncada cada cuarenta y ocho horas. 

La maquinaria delictiva en el municipio opera a cielo abierto y sin ningún tipo de contención estatal, alimentada por una combinación letal de pobreza estructural, abandono de los servicios públicos elementales y zonas liberadas para el narcomenudeo que operan a metros de escuelas y plazas. 
Lejos quedaron las promesas de campaña, los discursos armados desde agencias de comunicación y los operativos cosméticos que se desvanecen tan rápido como los flashes de los noticieros. Hoy, la geografía matancera está dominada por las entraderas sangrientas que terminan con jubilados masacrados a golpes dentro de sus propias casas, como el aberrante caso de Lorenzo Fiorentino en San Justo, y por enfrentamientos armados donde bandas de sicarios juveniles disputan el territorio metro a metro frente a una fuerza policial desbordada, mal pagada y estructuralmente abandonada por la política. 

Las fiscalías locales de homicidios funcionan al borde del colapso absoluto, con expedientes que se acumulan en escritorios donde el denominador común es siempre el mismo: la ausencia total de un municipio presente que prevenga, contenga o invierta en inteligencia criminal real en lugar de sostener estructuras clientelares

Lo más grave de este colapso social no es sólo la tragedia cotidiana de los vecinos, sino el cínico desinterés de un poder político municipal que transformó la intendencia en un feudo refractario a la rendición de cuentas. Durante años, cada vez que la sangre salpicó las calles del conurbano, la reacción sistemática de Espinoza osciló entre el silencio cómplice, la desaparición pública por días enteros y la patética costumbre de minimizar las cifras oficiales de la muerte, culpando livianamente a otras jurisdicciones mientras él gestiona el territorio con la comodidad de un joystick desde su departamento de lujo en la Capital Federal.

Mientras los chicos de diez años manipulan armas en villas como Puerta de Hierro o San Petersburgo para custodiar los búnkeres de droga, y mientras cuatro bebés mueren en cuestión de días por la degradación absoluta de las condiciones de vida, el barón del conurbano se refugia en una burbuja de impunidad blindada por custodios y acuerdos políticos subterráneos, demostrando que para esta casta enquistada en el poder, las vidas de los matanceros no valen nada frente a la preservación de sus privilegios corporativos. 

La tragedia de La Matanza no es un accidente meteorológico ni un fenómeno ajeno a la política; es el resultado directo de décadas de un modelo de gestión basado en la dádiva, la exclusión y el vaciamiento institucional, donde la seguridad de los ciudadanos fue cambiada por silencios cómplices.

Hoy, el distrito es una bomba de tiempo social donde la desesperación económica empuja al suicidio por deudas y los velatorios de delincuentes abatidos terminan en batallas campales a los tiros contra la propia policía, confirmando que el tejido social está completamente roto. La impunidad con la que se mueve Espinoza mientras su territorio se desangra es el monumento más claro a la decadencia argentina: un intendente millonario protegido en Puerto Madero gobernando por omisión un cementerio a cielo abierto que él mismo ayudó a construir.

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