¿Qué quieren los argentinos del Presidente que asumirá después de las elecciones de 2027?
Una encuesta nacional de La Sastrería y Trespuntozero, realizada entre el 7 y el 14 de septiembre de 2026 sobre 1.000 mayores de 16 años con acceso a internet, preguntó qué características debería tener el próximo Presidente.
Esta vez la pregunta no ofreció nombres ni midió intención de voto. El 31,9% respondió espontáneamente “honesto y transparente” cuando se le pidió describir qué característica debería tener el próximo jefe de Estado. La primera palabra que apareció no fue derecha, izquierda, liberalismo ni peronismo: fue honestidad.
La segunda respuesta espontánea fue “empático” o “cercano a la gente”, con 14,8%; capacidad e inteligencia obtuvo 7,6%; respeto y tolerancia, 3,7%; y nacionalismo o patriotismo, 3,1%. Hay además un dato transversal: honestidad y transparencia quedaron primeras entre quienes en 2023 habían votado a Javier Milei, Sergio Massa o Patricia Bullrich. En una sociedad electoralmente partida, esa demanda consiguió atravesar las tres grandes opciones de la última presidencial.
Raúl Timerman, uno de los responsables del estudio, vinculó esas respuestas con otra encuesta realizada prácticamente al mismo tiempo, donde 28% señaló la corrupción como prioridad a resolver, seguida por salarios y pobreza. Esa cifra pertenece a otra medición y no debe mezclarse metodológicamente con el 31,9% anterior. Pero ambas fotografías colocan la integridad pública dentro de las preocupaciones que los consultores detectan actualmente.
La encuesta planteó entonces una disyuntiva todavía más reveladora. El 38,5% prefirió un Presidente sobre quien se conozca con certeza que no es corrupto aunque no tenga un programa específico contra la corrupción; 37,5% eligió alguien cuya honestidad no esté comprobada pero que presente un plan para combatirla. Entre la confianza en la persona y la confianza en las instituciones aparece un empate de apenas un punto.
Timerman agregó una interpretación política propia: mencionó a Axel Kicillof como uno de los dirigentes a quienes, según su lectura, parte de la ciudadanía considera honestos. Eso no significa que la encuesta haya determinado que Kicillof sea “el candidato más honesto” ni que reúna mejor que otros el perfil presidencial. Una cosa son los porcentajes del estudio y otra, perfectamente diferenciable, la interpretación política que realiza uno de sus autores.
Cuando la encuesta abandona las cualidades personales y entra en economía, 59,9% elige priorizar crecimiento frente al 35,7% que prefiere distribución. Entre quienes tienen entre 16 y 29 años, crecimiento llega al 64,7%. La mayoría de los consultados quiere primero una economía que crezca, aunque eso todavía no dice mediante qué modelo pretende conseguirlo.
Porque la siguiente respuesta introduce un matiz enorme: 53,3% considera que debería priorizarse la industria, frente al 20,2% que elige minería, gas y petróleo y el 16,2% que opta por el campo. En el AMBA, industria alcanza 63,5%; entre los mayores de 50 años, 60,1%. Crecimiento e industria aparecen juntos en el retrato económico construido por las respuestas.
Timerman sostuvo que ese resultado contrasta con la orientación productiva del actual Gobierno hacia Vaca Muerta y el litio. Nuevamente, esa comparación pertenece al consultor y no constituye una conclusión automática de la encuesta. Los números dicen qué sector eligieron los participantes; la valoración de la política económica vigente corresponde al análisis político.
Acá aparece probablemente la contradicción más interesante. Un 41,7% quiere un Presidente de derecha y 31,3% uno de izquierda. Sin embargo, cuando las categorías cambian, 43,9% prefiere un perfil progresista y 32,5% uno conservador. Para una parte considerable de los encuestados, ser de derecha y ser progresista aparentemente no son categorías necesariamente incompatibles.
Timerman interpreta esa combinación como algo parecido al “liberal americano”: posiciones más conservadoras en economía, progresismo cultural y sensibilidad social. Pero es su interpretación conceptual. Los datos permiten afirmar algo más acotado: las etiquetas ideológicas tradicionales no ordenan de la misma manera todas las preferencias de los entrevistados.
La derecha obtiene mayor adhesión entre hombres, con 45,7%, y especialmente entre jóvenes de 16 a 29 años, donde llega al 54,2%. Entre las mujeres la distancia es bastante menor: 38,4% derecha frente a 33,1% izquierda. La edad y el género modifican considerablemente el mapa cuando se abre aquella fotografía nacional.
Si alguien buscaba una señal inequívoca sobre el estilo de conducción presidencial, la encuesta entrega prácticamente un empate. 48% quiere un dirigente dialoguista y conciliador; 47,3%, uno firme y confrontativo. Siete décimas separan dos formas casi opuestas de imaginar cómo debería ejercerse el poder.
En otra disyuntiva sí aparece una mayoría más clara: 58,4% prefiere que el Presidente gobierne con “más cabeza” y 35,3% con “más corazón”. Entre los menores de 30 años la primera respuesta llega a 65,4%; entre los de 30 a 49, a 63,8%. La racionalidad obtiene una ventaja mucho mayor que cualquiera de los dos estilos de confrontación o negociación. Y entonces aparece el porcentaje más contundente del estudio.
El 85,5% respondió que considera importante que el próximo Presidente tenga “equilibrio emocional”. La respuesta supera 80% en todos los segmentos relevados y entre las mujeres alcanza 89,5%. Pocas características del extenso cuestionario producen un consenso semejante.
Timerman hizo después una interpretación explícitamente vinculada con Milei: sostuvo que quienes dicen que esa característica no les preocupa piensan en el actual Presidente. El estudio aporta un dato relacionado: entre votantes de La Libertad Avanza de 2023, 31,7% manifestó que la estabilidad emocional no le preocupa; entre quienes votaron a Bullrich fue 21,7% y entre los de Massa, 1,4%. Los porcentajes son resultados de la encuesta; la asociación psicológica o personal con Milei es una interpretación de Timerman y debe permanecer atribuida a él.
Y existe un límite que no conviene cruzar: el estudio no diagnostica psicológicamente a Milei ni a ningún otro dirigente. Tampoco permite inferir la salud mental o aptitud presidencial de una persona. Preguntar a los ciudadanos qué cualidad valoran es completamente diferente de realizar una evaluación clínica de un político.
Después de la irrupción electoral de Milei en 2023, otro número resulta interesante: 49,9% prefiere que el próximo Presidente provenga de la política; 29,1%, que venga desde afuera, mientras 21% no adopta posición. Entre las mujeres, la preferencia por alguien de la política llega a 55,3%; entre quienes tienen entre 30 y 49 años, a 58,1%. La experiencia política recupera valor para una parte importante de los consultados, aunque no alcanza una mayoría absoluta.
Eso convive con otra señal: 27,8% se declara cercano a LLA, otro 27,8% a Fuerza Patria y 27,2% no se siente próximo a ninguno. Timerman describe ese último segmento como un espacio que todavía nadie estaría captando. Pero la encuesta no permite anticipar hacia dónde terminarán votando esas personas en 2027.
En edad, la respuesta es mucho más categórica. 65,3% imagina al próximo Presidente entre los 40 y 59 años; 27,9% elige alguien de 60 o más y apenas 5,4% una persona de hasta 39. La demanda de renovación no aparece traducida, al menos en esta pregunta, en una preferencia mayoritaria por dirigentes muy jóvenes.
Respecto del género, 63,3% dijo preferir un hombre y 32,6% una mujer. La preferencia por una candidata aumenta entre los menores de 30 años. En cambio, tener pareja o hijos resulta mucho menos determinante: más de la mitad no expresó preferencia sobre situación sentimental y casi la mitad tampoco lo hizo respecto de la paternidad. La biografía familiar pesa considerablemente menos que los atributos políticos y personales consultados.
En relaciones comerciales, 38,1% prefiere mayor acercamiento con China, 33,8% con Estados Unidos y 28,1% no toma posición. Entre jóvenes, Estados Unidos alcanza 51,1%; entre mayores de 50, China llega a 43,4%. La grieta internacional también tiene una fuerte dimensión generacional.
La fotografía final, entonces, es peculiar: honestidad, equilibrio emocional, racionalidad, crecimiento, prioridad industrial y experiencia política conviven con una sociedad casi partida por la mitad respecto del diálogo y la confrontación. Pero ese personaje no existe estadísticamente como un único “candidato ideal”: surge de sumar respuestas independientes a preguntas diferentes.
Ese detalle es central de cara a 2027. La investigación no dice quién reúne esas características, quién debería gobernar ni quién tiene mayores posibilidades electorales. Tampoco mide intención de voto. Lo que ofrece es otra cosa: una radiografía de las cualidades que mil argentinos consultados dicen valorar antes de que la campaña presidencial entre en su etapa decisiva.
El estudio fue realizado por La Sastrería, de Raúl Timerman y Juan Carlos Malagoli, junto con Trespuntozero, dirigida por Shila Vilker, entre el 7 y el 14 de septiembre. Participaron 1.000 mayores de 16 años de distintas provincias con acceso a internet. La propia consultora explica que su trabajo combina encuestas online nacionales con investigación cualitativa mediante focus groups. Por eso corresponde hablar de los “consultados” y no convertir automáticamente cada porcentaje en la opinión de la totalidad de los argentinos.