En apenas cuarenta y ocho horas, el Gobierno nacional ejecutó una escena que los argentinos conocen de memoria: el ritual del cambio sin transformación. Manuel Adorni dejó la Jefatura de Gabinete, acorralado por una investigación judicial por presunto enriquecimiento ilícito, causa que tramita en un juzgado federal con intervención del fiscal Gerardo Pollicita y que analiza un incremento patrimonial de difícil justificación. Su reemplazante es Diego Santilli, ministro del Interior devenido en el nuevo articulador político del Ejecutivo. Cambió el cartel. El edificio sigue siendo el mismo.
Existe una figura de la teoría política que describe este mecanismo: sustituir una parte para crear la ilusión de que cambió el todo. La política argentina ha perfeccionado ese recurso hasta convertirlo en una doctrina de gobierno. Adorni cae; Santilli asciende. Sin embargo, quien repase la trayectoria del nuevo jefe de Gabinete encontrará antecedentes que contradicen el relato del cambio que este Gobierno adoptó como identidad fundacional.
El hombre de todos los partidos
La carrera política de Santilli constituye, por sí sola, un tratado sobre el oportunismo ideológico argentino. Afiliado al Partido Justicialista entre 1989 y 2003, luego incorporado al Frepaso, más tarde al PRO de Mauricio Macri y, finalmente, alineado con el oficialismo libertario, transitó cuatro espacios políticos en distintas etapas de su vida pública. No se trata de una evolución ideológica —que exigiría una línea argumental coherente—, sino de una adaptación permanente a los vientos electorales. El hombre que hoy coordina el gabinete libertario desarrolló buena parte de su carrera política bajo el paraguas del peronismo.
Pero su currículum político es apenas la superficie. En 2021, el nombre de Santilli apareció vinculado a los Pandora Papers, la investigación del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) que expuso estructuras societarias utilizadas por figuras públicas de todo el mundo en jurisdicciones de baja transparencia fiscal. Según la documentación difundida, el grupo familiar Santilli-Forchieri estaría vinculado con al menos catorce sociedades, dos de ellas radicadas en las Islas Vírgenes Británicas y en el estado de Florida, Estados Unidos. Aquella revelación no derivó en una condena judicial contra el dirigente. Frente a la difusión del caso, Santilli respondió con una frase que quedó grabada en el debate público: "Es normal, todo el mundo lo hace". Con el paso del tiempo, esa declaración adquirió una potencia simbólica que supera cualquier análisis político.
Del símbolo de la "casta" a la mano derecha del Presidente
Hay, sin embargo, un dato que vuelve todavía más elocuente el relato del "cambio". Antes de convertirlo en uno de los hombres más poderosos de su Gobierno, Javier Milei edificó parte de su identidad política descalificando públicamente a Diego Santilli. Durante la campaña de 2023 lo definió como "el candidato de los TikTok y el boludeo", lo calificó de "engendro" y de "horrible candidato", y llegó a afirmar que "no hay nadie que no diga que es un corrupto". También lo acusó de "vivir de sus negocios", de "repartir sobres y comprar opiniones", y lo presentó como una de las expresiones más acabadas de la "casta" que prometía erradicar.
Hoy, ese mismo dirigente es el encargado de coordinar el Gabinete nacional y una de las piezas centrales del proyecto libertario. La contradicción excede la conveniencia política: expone la velocidad con la que el discurso oficial reemplaza las convicciones por las necesidades del poder. El problema ya no es que Milei haya cambiado de opinión sobre Santilli. El problema es que ninguna de aquellas acusaciones fue explicada, rectificada o desmentida públicamente. El dirigente que ayer representaba todo aquello que debía ser combatido es, desde hoy, la principal espada política del Presidente.
Cositorto, las sombras y el patrimonio que crece
Los cuestionamientos no terminan allí. Leonardo Cositorto, fundador de Generación Zoe y posteriormente condenado por estafas, aseguró públicamente haber financiado parte de la campaña electoral de Santilli en 2021. Según su versión, el aporte habría rondado los 32.000 dólares.
Santilli negó esas afirmaciones. Cositorto insistió en sus dichos, sostuvo que conserva documentación respaldatoria y agregó que también habría aportado dinero para la actividad deportiva del hijo del dirigente. Se trata de versiones contrapuestas que nunca fueron esclarecidas judicialmente.
A ello se suma la evolución patrimonial del actual jefe de Gabinete. De acuerdo con información difundida públicamente, su patrimonio declarado habría pasado de 17 millones de pesos en 2021 a 691 millones en 2025, un incremento superior al 3.700 % en apenas cuatro años.
Paradójicamente, Adorni dejó su cargo bajo el peso de cuestionamientos sobre la justificación de su patrimonio. La imagen resulta inevitable: se desplaza a un funcionario por un presunto enriquecimiento injustificado y se lo reemplaza por otro cuya evolución patrimonial también ha sido objeto de observaciones públicas.
Walter Benjamin escribió que cada generación de dominantes hereda no solo el poder, sino también la capacidad de narrarlo como si fuera progreso. La Argentina de 2026 añade un elemento inquietante: ya ni siquiera necesita un relato. Le alcanza con la velocidad. En cuestión de horas, un escándalo se administra, un nombre cae, otro asciende y la maquinaria continúa funcionando sin sobresaltos. A eso se lo presenta como cambio. En realidad, es la continuidad maquillada de ruptura.
El país que en 2001 gritó "que se vayan todos" contempla, un cuarto de siglo después, cómo el sistema recicla a sus protagonistas con una eficiencia que cualquier industria envidiaría. Adorni cae envuelto en sospechas patrimoniales; Santilli asciende cargando interrogantes que el debate público nunca terminó de responder. El sistema ya no exige ejemplaridad. Solo requiere disponibilidad. Cambian los nombres, cambian los cargos, cambia la escenografía. La lógica, en cambio, permanece intacta.