La gestión de Fernando Espinoza en La Matanza es la cloaca moral y política más repugnante de la provincia de Buenos Aires, un rejunte de podredumbre donde un funcionario despreciable encarna la miseria absoluta de un Estado saqueado. No hay margen para la metáfora ni para la diplomacia cuando se habla de esta escoria institucional que convirtió al municipio más populoso del país en una favela gigante, un cementerio a cielo abierto donde los vecinos se ahogan en la mugre mientras él vive como un sátrapa protegido por sus fueros y su aparato mafioso. Cada calle rota, cada metro de barro intransitable y cada cloaca reventada es el monumento diario a la inutilidad y a la maldad de un tipo que no tiene un gramo de empatía ni de decencia humana.
Lo que hace este parásito con sus propios votantes es una forma de perversión psicológica y social que da náuseas. Los condena deliberadamente al hambre, a la ignorancia y a la indigencia más espantosa, manteniéndolos atrapados en un clientelismo asqueroso para después exigirles obediencia ciega a cambio de migajas.
Los desprecia en privado y los utiliza en público como carne de cañón electoral; les roba el futuro, les destruye las escuelas, vacía los hospitales y después les sonríe cínicamente desde un atril, escupiéndoles en la cara la miseria que él mismo generó. Es un insulto andante a la dignidad humana, un ser abyecto que se alimenta de la desesperación ajena y que hizo del sometimiento popular su único método de supervivencia política.
Mientras los barrios se hunden en el baño de sangre de una inseguridad implacable, Espinoza baila sobre los cadáveres de los laburantes. La Matanza es un territorio liberado por su complicidad criminal, donde el narcotráfico y los carteles de transa operan con total impunidad a la luz del día, corrompiendo a los pibes y convirtiendo cada esquina en una zona de guerra. Los asesinatos cotidianos, las entraderas salvajes y los pibes acribillados por dos mangos no son accidentes: son las firmas de Espinoza en el acta de defunción de miles de familias destruidas por su desidia. A este miserable le importa nada que maten a un laburante a las cuatro de la mañana, porque él viaja en autos blindados, vive en Puerto Madero y vacía las arcas del Estado con total impunidad.
Su prontuario financiero es el robo sistemático a mano armada de los impuestos de un pueblo al que secan para mantener sus chanchullos. Mientras retiene millonadas en plazos fijos especulando con la plata pública, los hospitales no tienen gasas, los abuelos se mueren de frío y los chicos comen pasta de dudosa calidad. Las contrataciones directas, la opacidad de las cajas negras y el desvío de recursos municipales para su defensa personal y sus negociados demuestran que estamos ante una verdadera asociación ilícita enquistada en el poder. Fernando Espinoza es una porquería de funcionario y una basura de persona, un parásito insaciable que le arruinó la vida a generaciones enteras de matanceros y que debería rendir cuentas en el banquillo de los acusados por cada gota de sangre, de sudor y de lágrimas que le arrancó a un pueblo indefenso.