Mientras las balas zumban en las calles y los vecinos de José C. Paz cargan cajones, Axel Kicillof elige la gira proselitista y el silencio cómplice, consolidándose como el máximo responsable de un territorio sumido en el espanto y el abandono total.
La provincia de Buenos Aires se ha convertido en una trampa mortal a cielo abierto, y su principal responsable, Axel Kicillof, prefiere mirar hacia otro lado. La reciente ejecución de David Elías Ojeda Vázquez —un joven de 23 años acribillado por la espalda para robarle la moto cuando volvía de entrenar— es solo la última postal de una tragedia cotidiana que ya no admite anestesia. Sin embargo, frente a la conmoción de toda una comunidad que marchó pidiendo justicia, la respuesta del mandatario provincial rayó en la burla macabra: mientras la morgue no da basto, Kicillof se pasea de campaña acompañado por su ministro de Seguridad, Javier Alonso.
La desidia oficial duele tanto como la impunidad de los delincuentes. Los números del horror son lapidarios y desbaratan cualquier relato oficial. Los distritos del conurbano son una zona liberada donde los homicidios en ocasión de robo treparon un 12,9%, y las tentativas de asesinato aumentaron otro 6,5%. En zonas calientes como Lomas de Zamora, San Martín y Quilmes se concentra casi un tercio de las causas penales de toda la provincia. A pesar de esto, el ministro Alonso sigue sin dar la cara, sin un mapa del delito actualizado, sin estadísticas claras y escondido detrás de una fuerza de más de 90.000 efectivos que brilla por su inoperancia en las esquinas más calientes.

El hartazgo social llegó a un punto de quiebre absoluto. Ya no son solo los bloques de la oposición los que reclaman interpelaciones y rendición de cuentas; la furia perfora incluso los propios cimientos del peronismo. Municipios aliados, como el histórico bastión de José C. Paz conducido por Mario Ishii, le exigieron públicamente al Ejecutivo provincial que asuma su "total y completa responsabilidad" ante la escalada delictiva. Hartos de poner recursos propios, patrulleros y combustible para suplir la ineficacia provincial, los vecinos quemaron neumáticos y gritaron su bronca en las calles.
Lejos de hacerse cargo, la gestión de Kicillof responde con cinismo berreando contra el gobierno nacional mientras recorta respuestas reales para la gente común. Inaugurar destacamentos aislados o sumar cadetes a los ponchazos es una tomada de pelo frente a una criminalidad desbocada que avanza con total impunidad.
Los bonaerenses están solos, acorralados y hartos de vivir con miedo, mientras la gobernación se transformó en una oficina de turismo electoral. Kicillof está sentado sobre un polvorín de sangre e inseguridad, demostrando que su única prioridad es la rosca política, mientras el conurbano se desangra y el futuro de la gente se apaga a tiros en cada esquina.