¿Sabe quién es realmente Rodrigo Aybar? El nuevo intendente interino de Tres de Febrero no es más que un obsceno engranaje de la casta, un burócrata camaleónico que muta de pelaje político según sople el viento para garantizar impunidad y negocios. Con la excusa de una falsa pureza "libertaria" y consignas vacías sobre bajar tasas, este personaje oculta un currículum lapidario plagado de desfalcos, expedientes encajonados y un desprecio absoluto por los vecinos. Su desembarco en el municipio no es una renovación: es la maniobra desesperada de Diego Valenzuela —ahora exiliado como senador provincial— para dejar a un cómplice incondicional cuidando la caja y protegiendo sus turbios negociados inmobiliarios.

La carrera delictiva y cómplice de Aybar tiene pergaminos oscuros en cada sillón que ocupó. Entre 2017 y 2019, durante el gobierno de María Eugenia Vidal, se atornilló en la dirección ejecutiva del OPDS. Apenas asumió, quedó manchado hasta los nudillos por el escándalo de la "valija mágica", un entramado mafioso de sellos truchos operado para acelerar habilitaciones ambientales a la carta. Lejos de investigar, Aybar se convirtió en el gran sepulturero de la transparencia: blindó el statu quo, cajoneó expedientes ultrasensibles y protegió a operadores de la talla de José Ramón Artigas y Néstor Gil Conners. Aunque la corporación judicial le esquivó las esposas, el tufo a corrupción institucional quedó intacto.
Lejos de aprender la lección, su paso reciente por la Subsecretaría de Vivienda de la Nación —bajo las órdenes de Luis Caputo entre 2024 y 2025— fue una auténtica demolición social. Durante once meses, su obsesión fue paralizar la patria. Cortó de cuajo el financiamiento estatal, dinamitó el Procrear y dejó a miles de familias argentinas colgadas de una ilusión con urbanizaciones abandonadas a su suerte. El monumento a su desidia criminal quedó plasmado en el predio Procrear de Mercedes, donde condenó al abandono a 141 viviendas inconclusas para luego regalar 17.700 metros cuadrados a precio vil mediante una subasta por 4,2 millones de dólares. Como si fuera poco, su nombre quedó salpicado en la causa federal abierta en marzo de 2026 por adjudicaciones oscuras y manejo desleal de fondos habitacionales. Aybar es un depredador serial de lo público que destruye techos para beneficiar a amigos del poder.
Hoy, asume el control de Tres de Febrero para montar la gran pantalla de humo que Valenzuela necesita. Su rol como intendente interino es una farsa: vino a blindar la matriz de negociados construida durante la década valenzuelista. Bajo su gestión de fachada, continúan intactos los curros de la obra pública tercerizada, el reparto discrecional de excepciones inmobiliarias y la red de contratistas amigos que se enriquecieron a costa de exprimir al vecino. Aybar no es un gestor eficiente; es el engranaje servil que perpetúa la impunidad, un alcahuete funcional al saqueo sistemático que transformó el Estado en su cueva privada. Un prontuario de impunidad que condena a Tres de Febrero al abismo de la desidia.