Mar del Plata pierde hoteles y con ellos desaparecen empleos, inversiones familiares y parte de la identidad que durante décadas convirtió a la ciudad en la capital turística del país. La denuncia de Alejandra Rubianes, propietaria de un hotel de dos estrellas que pertenece a su familia desde 1968, expone una crisis que ya no puede esconderse detrás de las estadísticas de arribos ni de los discursos oficiales sobre el éxito de cada temporada. La pregunta es inevitable: ¿qué hicieron los gobiernos que administraron la ciudad mientras se apagaban sus hoteles?
Guillermo Montenegro asumió la intendencia en diciembre de 2019. La pandemia golpeó brutalmente al turismo durante sus primeros años, pero esa emergencia no alcanza para explicar todo lo que vino después. La contracción hotelera continuó y los indicadores de ocupación y alojamiento mostraron un deterioro considerable. Durante la temporada 2022/23, los establecimientos relevados registraron 633.337 viajeros y 2.778.084 pernoctaciones. En 2023/24, las cifras descendieron a 607.724 viajeros y 2.546.480 noches. Para 2024/25, la serie publicada a partir de datos del INDEC mostró alrededor de 521.280 viajeros. Entre las dos últimas temporadas mencionadas, la cantidad de huéspedes cayó aproximadamente un 17,7% respecto de 2022/23 y las pernoctaciones, un 25,2%.
En marzo de 2026, el municipio informó 3.141.427 arribos turísticos durante el verano, un 3,7% menos que en la temporada anterior, y una ocupación turística promedio del 50,7%. Pero hay una trampa en la propaganda de los números: llegar a Mar del Plata no significa dormir en un hotel. El turismo puede seguir circulando mientras los establecimientos formales pierden clientes, noches vendidas y rentabilidad. El balance de arribos no responde la pregunta fundamental: ¿cuántos hoteles pueden sostenerse con semejante nivel de actividad?
La competencia de los departamentos temporarios constituye otro frente de conflicto. Los hoteleros denuncian que deben afrontar salarios, servicios, mantenimiento, impuestos, habilitaciones y obligaciones de seguridad mientras parte de la oferta alternativa opera con estructuras de costos diferentes. No todos los alquileres temporarios son ilegales ni están exentos de tributos, pero eso no elimina la obligación municipal de controlar que todos cumplan las reglas aplicables. ¿Cuántos establecimientos informales fueron inspeccionados? ¿Cuántas infracciones se labraron? ¿Cuántas sanciones se cobraron? Sin estadísticas públicas completas, la fiscalización queda bajo sospecha y los prestadores habilitados reclaman respuestas.
Montenegro debe responder por la política turística, las habilitaciones, los controles y la planificación de su administración. Agustín Neme, al frente del Ejecutivo municipal desde la salida de Montenegro para asumir como senador bonaerense en diciembre de 2025, tampoco puede limitarse a administrar la herencia: debe explicar qué medidas concretas impulsa para evitar nuevos cierres y recuperar la actividad durante todo el año. La responsabilidad no es idéntica, pero la continuidad política obliga a rendir cuentas.
Javier Milei, por su parte, representa el nivel nacional de una crisis agravada por la pérdida de poder adquisitivo, los costos operativos y la retracción del consumo. Aunque el Gobierno nacional no administra las habilitaciones hoteleras municipales, sus decisiones económicas condicionan cuánto pueden gastar las familias en vacaciones y cuánto pueden resistir las empresas con ingresos insuficientes. El municipio no controla toda la economía, pero tampoco puede utilizarla como excusa universal.
El antecedente de Torres de Manantiales, que en 2021 suspendió su operación hotelera tradicional y avanzó hacia una reconversión, demuestra que incluso establecimientos emblemáticos tuvieron que revisar su modelo de negocio. En 2026 se informó que diversificaba su actividad con gastronomía, eventos y propuestas culturales. No todo cambio de modalidad es un cierre definitivo, y esa diferencia debe respetarse al verificar las estadísticas. Precisamente por eso, el municipio y las entidades sectoriales deberían publicar un registro histórico transparente de altas, bajas, cierres temporales y reconversiones.
Mar del Plata necesita algo más que anuncios de temporada: promoción fuera del verano, congresos, eventos, turismo deportivo, controles efectivos y condiciones equitativas para todas las modalidades de alojamiento.
Las persianas bajas no distinguen entre discursos libertarios y promesas municipales. Detrás de cada hotel que desaparece hay trabajadores, familias y décadas de esfuerzo. Montenegro debe explicar su gestión; Neme, demostrar que puede cambiar el rumbo; y Milei, hacerse cargo del impacto de su política económica. Cuando una ciudad turística pierde a quienes viven de recibir visitantes, la crisis deja de ser una estadística: se convierte en el retrato de un modelo que no consigue proteger ni siquiera a quienes sostienen su principal industria.